Existe la creeencia generalizada de que los individuos, y con ello las especies, van a responder siempre de la misma manera a condiciones climáticas similares. Es decir, que al depender de factores fisiológicos, los efectos de temperaturas similares serán similares independientemente de si se producen a lo largo del día, en diferentes momentos del año, o en diferentes localizaciones geográficas. Esta congruencia facilitaría, por ejemplo, extrapolar las respuestas que tendrán poblaciones de especies expuestas a nuevas condiciones climáticas a partir de observaciones de su actividad diaria, o su comportamiento en condiciones experimentales. Sin embargo, esta aproximación simplista no tiene en cuenta que, por un lado, los individuos tienen largos ciclos de vida, en los que pueden presentar diferentes respuestas a la temperatura a lo largo de sus diferentes estadíos. Y, por otro lado, que en el caso de los animales las variaciones de comportamiento y la búsqueda de microhábitats con condiciones diferentes permiten que los individuos eviten hasta cierto punto la exposición a temperaturas críticas, haciendo que su respuesta a la temperatura varíe.

En un trabajo reciente liderado por Joaquín Calatayud evaluamos si existe congruencia en las respuestas a la temperatura de dieciseis especies de escarabeidos coprófagos medida en tres escalas diferentes: su actividad diaria, su actividad a lo largo del año, y su distribución geográfica en la Península Ibérica. Nuestros resultados muestran que aunque la temperatura tiene efectos apreciables a las tres escalas, su capacidad explicativa es limitada. Y lo que es más importante, que no existe una congruencia entre las respuestas a la temperatura de la misma especie a diferentes escalas. En general, no coinciden ni las temperaturas óptimas, ni la amplitud del nicho térmico, ni la labilidad (variabilidad) de las temperaturas utilizadas, y tampoco existe una sobreposición importante en sus respuestas a la temperatura entre esas escalas.

A la vista de estos resultados, es evidente que las diferencias entre estadíos de vida, las adaptaciones comportamentales y la adaptación a nivel poblacional se suman a cada escala, permitiendo a individuos y poblaciones variar su respuesta a la temperatura. Así, en cada escala las especies consiguen escapar de manera diferente de las limitaciones puramente fisiológicas a su actividad, como las que son evidentes en la foto. Esto implica que no se puede describir de manera sencilla el nicho térmico de una especie (las condiciones de temperatura en las que sus poblaciones son viables), sino que es preciso tener en cuenta las diferentes dimensiones y escalas en las que se produce la respuesta a las condiciones ambientales. Pero además, la independencia entre las diferentes dimensiones del nicho térmico que muestra nuestro estudio también indica posibilitan que las especies puedan tener respuestas incongruentes a la temperatura en diferentes escalas. Estas respuestas podrían incluso ser incompatibles entre ellas, con el consiguiente riesgo de extinción para poblaciones locales. Lo que generaría un posible efecto complejo sobre la biodiversidad de ecosistemas afectados por cambios climáticos o de uso del suelo (con los consiguientes cambios de microhábitat), una posibilidad que necesita de mayor estudio.

Este resultado no resta valor al trabajo experimental sobre los límites fisiológicos de las especies, pero sí que pone en perspectiva la capacidad que tienen las especies de “escapar” a las limitaciones fisiológicas básicas que les impone el plan estructural de su organismo (bauplan) que está marcado por su historia evolutiva. Y también hace más complejo predecir las respuestas de las especies al cambio climático, más allá de las mortalidades que se pueden esperar que vayan asociadas a valores extremos de cambio.

Puedes acceder al artículo en https://jhortal.com/project/calatayud-et-al-j-biogeogr-2021-thermal-niche-dimensionality-can-limit-species-responses-to-change/

Foto: Escarabeidos congelados en el agua de una trampa de caída, debido a un brusco descenso de las temperaturas en Enero de 2013. La foto fué tomada en la Dehesa de la Golondrina (Navacerrada, 1230 m de altitud) por Verónica (Chío) Espinoza durante los trabajos de su tesis doctoral.